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El sábado finalmente fuimos al Museo Argentino de Ciencias Naturales “Bernardino Rivadavia” al que no habíamos ido nunca. Con  mi marido habíamos visitado hace unos seis o siete años atrás el de La Plata el que no pudimos dejar de comparar con este porque nos había impactado mucho. Si he de ser honesta recomendaría enormemente el platense por su magnitud y calidad aunque el porteño no deja de tener muchas salas interesantes.
El Museo, situado en la Av. Angel Gallardo 470, está abierto todos los días de 14 a 19 hs y la entrada sale apenas $10 para los mayores de 6 años. Cuenta con varias salas distribuidas en dos pisos en las que podemos ver desde insectos según sus zonas geográficas, animales acuáticos, geología, aves y por supuesto, que es lo que nos llevó a visitarlo, una sala de paleontología donde pudimos apreciar el tamaño de distintos dinosaurios. También allí hay un pequeño arenero para menores de 5 donde pueden jugar a descubrir con pinceles algunos fósiles. En la página del Museo, además, tienen algunos descargables gratuitos según el nivel como para hacer algunas actividades posteriores o durante la visita.

R. había llevado un cuaderno para anotar algunas curiosidades aunque la información suele ser tanta que poco fue lo que anotó. Nos llamó la atención la cantidad de especies de dinosaurios que se estima vivieron en suelo argentino y una de las salas donde se exponían los mamíferos que habitaron la región pampeana en los últimos dos millones de años, exhibición  basada en el libro del paleontólogo Fernando Novas.

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Siempre digo lo mismo sobre los Museos de este tipo. La primera visita bien vale como un panorama de lo que uno puede encontrar, luego hay que volver para ver o estudiar algo más en específico. Segundas vueltas son las que nos ayudan a buscar con más detenimiento, aprovechando cada cosa que se expone. Además debo admitir que la próxima vez apelaré a ir solo con R. pues T se dedicó a corretear tanto que nos terminó llevando a la rastra por todas las salas dejándonos extenuados. Uno sigue aprendiendo sobre la marcha ciertas cuestiones que parece que todavía se me escapan como, por ejemplo, no salir en días de calor sin bebida fría y algo salado o dulce para amenizar las bajadas de presión. La sed que sentía por momentos no me dejaba en paz y el único bar que tiene el lugar estaba aun en construcción donde la única máquina de bebidas estaba rota.

Hay visitas guiadas cada media hora dependiendo de la temática y la atención es realmente muy amena desde el empleado que vende las entradas, hasta los de seguridad y los propios guías del lugar. Muy poca gente en general, la mayoría familias, algo que uno termina por agradecer para disfrutar tranquilo de cada sala aunque también apena pensar que quizá los museos puedan estar perdiendo interés para el público en general.